29.10.10

El acorazado Potemkin

No leer si no se ha visto y se está interesado en verla: puede contener algunos spoilers.
Estamos ante la Historia del cine. Con mayúsculas. Buena parte del lenguaje cinematográfico se forjó en esta pelicula, en la que la ausencia de sonido es más una ventaja que un inconveniente.
El acorazado Potemkin nos cuenta un hecho real ocurrido en Odessa en 1905; y aunque alguno puede pensar que hay un trasfondo panfletario (la película es de 1925, cuando la revolución ya había triunfado), la historia parte de un conflicto humano: los marineros del acorazado Potemkin viven en situación precaria: sufren maltratos por parte de los altos mandos y les dan de comida podrida. Un buen día se rebelan en rechazo de sus condiciones, y la represalia de los mandos es desmedida: fusilar a los insurrectos. Pero otro marinero les hace darse cuenta de que disparan contra sus iguales, y los marineros se vuelven a rebelar, de tal manera que el que inició la pregunta resulta muerto; lo llevan a Odessa, donde encuentran las solidaridad de los locales, que ayudan al avituallamiento del barco en una jornada festiva, que sólo se interrumpe cuando llegan los cosacos matando civiles por docenas. Al final, toda la flota del zar en el Mar Negro se prepara para el combate contra el acorazado, ¿combatirán contra sus iguales?

Para Eisenstein, el cine era el arte total, en él cabían las otras seis; obviamente, hasta 1927 y la aparición del cine sonoro la música permanecería aparte, pero a partir de "Alexander Nevsky", primera banda sonora ad hoc (compuesta por Prokofiev) el cine como arte total cobraría forma. Aquí Eisenstein se deja querer y arropar por el resto de artes (dada la limitación de medios técnicos, la danza y la coreografía tienen un valor en sí mismo). Hay escenas memorables como la de la escalera de Odessa, con el carrito cayendo hacia abajo (Brian de Palma hace un homenaje curioso en Los intocables de Eliot Ness, con los marineritos subiendo por la escalera, el carrito cayendo...). Sergei M. sabe lo que se hace en todo momento, y sin entrar en valoraciones políticas, narrativamente está (bien) resuelta con imágenes, acción e intertítulos (a falta de palabra hablada), de forma ágil ye efectiva; a los formalistas rusos (Propp, Jakobson, Tomachevski) les tiene que haber conmovido hasta las lágrimas, no tanto por la historia que cuentan con cómo usan nuevos modos de expresión al servicio del arte: cosas que hoy nos parecen convenciones del género (el cañón que se eleva a punto de disparar, el propio carrito del niño bajando la escalera, y el espectador sabe que algo va a pasar, y no bueno), imágenes y escenas que tenían que vencer el silencio para darnos mucha información (los leones que parodiaba Woody en La última noche de Boris Grushenko y que parecen recordarnos que, aun dormidos, los cosacos son fieros una vez les pisas el juanete; la escalera que, además de bajar hacia el mar puede suponer un descenso a los infiernos imperiales para la población de Odessa); hoy día puede extrañar ese expresionismo casi de teatro kabuki a la hora de dejar patentes las emociones en pantalla: la desesperación, la muerte y destrucción causadas por los cosacos... todo ello llama a la emoción del espectador, aunque hoy, ahítos de efectos especiales y nuevos lenguajes cinematográficos no sepamos ya leer los albores de este arte que más bien funciona como negocio o entretenimiento hoy día.

Sobre la banda sonora, es, en efecto, de Prokofiev, aunque se añadió más tarde, y contribuye a darle dramatismo a los hechos; no he intentado verla en versión muda, el montaje final de imagen y sonido es lo bastante poderoso.

De verdad, recomiendo El Acorazado Potemkin: yo empecé viéndola con esa pátina de cinismo que nos caracteriza una vez caído el muro, pero una vez metida en harina, ni intertítulos ni expresionismo ni arte kabuki: el espectador, a poco que tenga algo de sangre en sus venas logrará interesarse y disfrutar esta obra que es un clásico del cine, y anteayer pudo por fin ver por qué.

26.10.10

La duquesa

No leer si no se ha visto y se está interesado en verla: puede contener algunos spoilers.
Si algo está haciendo mi carrera (filología hispánica) por mí, es permitirme ver matices tanto en la literatura como en el cine. No sé si es bueno o malo, o me estoy volviendo una suspicaz y una malpensada. Ahora veréis por qué lo digo.
La historia nos cuenta la historia de Giorgiana Spencer, duquesa de Devonshire, que tuvo un matrimonio desgraciado y fue muy apasionada en lo político y en lo amoroso. Esta buena señora, que cierto es que merecía una película por sí misma (mujer sufragista un siglo antes de que el movimiento floreciera, partidaria del sufragio universal frente al censitario en los albores de la revolución francesa), en realidad es vehículo para hablar de Lady Di sin mencionarla.

La duquesa de marras es, en efecto, tatarabuela de la difunta ex de Carlos de Inglaterra. Con un formato y una fotografía típicos de película de época nos cuentan sus tribulaciones con un marido salvaje que sólo piensa en el heredero a la hora de tener hijos y en su propio placer, haciendo que Georgiana te caiga bien; cierto que Keira Knightley ayuda bastante con su buen hacer y su exacerbada fotogenia, pero por dentro te queda el runrún de la suspicacia, a poco que conozcas la historia de la familia real inglesa de los últimos lustros.

Dicho esto, está bien escrita, Ralph Fiennes hace de cabrón con mucho oficio (¿nunca le han dado papel de bueno a este hombre?), y logras empatizar con la duquesa. Pero el fantasma de Diana planea por toda la cinta. De verdad, no creo que sea aleatorio que elijan a una antepasada suya con una suerte marital tan parecida...

4.10.10

Presentismo I: Master and commander

Aunque tengo todas las categorías patas arriba y no termino de arreglarlas, inicio hoy una nueva: gazapos, principalmente para aquellas pifias presentistas que se cometen en las películas supuestamente históricas, o de ambientación en tiempos pretéritos.

La de hoy es Master and Commander, de Peter Weir: una de marineritos. Supuestamente se ambienta en las guerras napoleónicas, e Inglaterra y Francia eran esos enemigos acérrimos que se enfrentaban en Trafalgar, porque los españoles tampoco caían bien a ninguno de los dos.

Si pasamos por alto los barruntos darwinistas del doctor a bordo unos 50 años antes del viaje del Beagle, lo que más me ha chirriado es el encuentro con el barco francés: ¿qué es eso de que les hablen en inglés? A principios del XIX el francés era la lengua diplomática, por lo que tendría que haber sido el inglés quien plegara la cerviz lingüística y chapurreara la lengua gala. Aunque no me imagino yo al Crowe juntando el morrito para hablar a la francesa...

La verdad, lo que más me gusta de esta peli es la musiquita de Boccherini que ponen al final; el resto me parece un tanto fallido, lento y deslavazado.