27.11.10

Malditos bastardos

No leer si no se ha visto y se está interesado en verla: puede contener algunos spoilers.
Tarantino me entretiene, pero es un director totalmente sobrevalorado. Es conocido por sus manidos flashbacks (que aquí controla) y sus bandas sonoras (que en ésta no pega ni con cola), y por ser una especie de Peckinpah con chistes: mucha violencia desmitificada con bromas más o menos macabras. Y aquí se marca una fantasía pseudohistórica en la que no deja de lado su histrión, contaminando con él los puntos fuertes que, desarrollados de otra forma, podría dar lugar a una película mejor, menos superficial.
Para un director menos figurín, los citados malditos bastardos no pasarían de ser un macguffin, una anécdota que parece que guía la historia, pero que en realidad no llevan a ninguna parte, porque la verdadera historia está en otro sitio: el detective cazajudíos y la superviviente que busca venganza, y encuentra una no exenta de cierta poesía; pero tiene que haber violencia + humor, curioso sintagma cinematográfico del megalómano éste.

Lo más destacable son las actuaciones. No todas (porque Brad Pitt no es el mejor actor del censo, si bien ha mejorado mucho desde Thelma y Louise y acierta a poner acento sureño), pero sí la del coronel Landa (hay unanimidad con el trabajo de Christoph Waltz, es un personaje escalofriante que da para mucho mucho más), Diane Kruger, que da vida a la actriz Bridget von Hammersmark (que, como los malditos bastardos que dan título a la película, debería ser un personaje mucho menos importante), Daniel Brühl, que da vida al fantasmón nazi que se dedica a fardar de sus hazañas bélicas, y el personaje que más me ha gustado, aunque pueda tener algo de ripio: Mélanie Laurent como Shosanna Dreyfus; de verdad que esta historia daba para mucho más, Tarantino, que el rollo pseudowestern con nazis que te has montado una vez más (no bastaba con el sushi western de Kill Bill, ahora quiere un chucrut western).

No es tan mala como esperaba: tiene escenas de gran tensión dramática, aunque decae a mitad de la película, porque la trama tiene sus puntos flacos, pero los fans incondicionales de Quentin Tarantino comulgarán con sus ruedas de molino y los que no le vemos todo el chiste, seguiremos pensando que tiene ese punto fantoche que su autoconcepto le impide abandonar.

Por último, resaltar lo osado de no rodar -ni mucho menos- toda la película en inglés; los alérgicos al subtítulo habrán sufrido con tanta lectura sobrevenida; los que prefieren el doblaje se perderán la otra gran baza sutil de Malditos bastardos.

19.11.10

Plácido, la otra cara de Qué bello es vivir

No leer si no se ha visto y se está interesado en verla: puede contener algunos spoilers.
Con motivo de la muerte de Berlanga, la otra noche echaron Plácido en la 2; esta película tiene la extraña virtud de ponerme de muy mal humor, no por mala, sino por la mala baba que rezuma. Estuvo nominada al Oscar como película de habla no inglesa, pero pusieron una entrevista con Berlanga donde decía que el mayor premio fue que gente como Frank Capra hablara bien de ella.

Berlanga se inspiró en una campaña navideña, siente un pobre a su mesa (tal era su título original, pero se lo censuraron), y explota la situación de manera sangrienta: toda la burguesía sentando a pobres y ancianos a su mesa y dándoles sopas de ajo mientras ellos se ponen morados. En el fragor de esta campaña, Plácido busca al notario para pagar la letra de su motocarro, que le da de comer, porque no quiere tener trampas.

Hay cierto paralelismo entre Plácido y Qué bello es vivir: el periplo navideño de un hombre corriente. Pero George Bailey sufriría mucho en esa ciudad de provincias, no habría podido dar sus alas a Clarence porque el afán de la gente por quedar bien y guardar las apariencias se lo habría impedido, en una estampa que no envidia nada al mejor neorrealismo italiano, retratando las miserias de la vida burguesa española; mientras la peli de Capra, más entrañable cuanto más se ve, acaba con la campanita y la estrella, la de Belén sobre el motocarro y un acre sabor en la boca es el punto final de Plácido.

Y para los sentimentales, ver a José Luis López Vázquez o Manuel Aleixandre tras su deceso les hará, como mínimo, sonreír.